Grito Pelao

SINOPSIS

Lo que encontrará el espectador en “Grito Pelao” es el alumbramiento fruto de la entrega y la valentía del que desaprende, del que se deconstruye. Se hallará ante una escena abierta en canal, hilada a baba de fémina, a grito fundido, a bastonazo ciego. Molina y Pérez Cruz, atadas a una complicidad que parece atávica, instintiva, han decidido desprenderse de sus seguridades y adentrarse en un espacio desconocido y que las atrae irremediablemente. Estas dos grandes de la técnica con alma han decidido desaprenderse mirándose una en otra, dando un paso de creyente en el vacío, ambas buscando el rito de la oruga encapsulada, aquel que permite el renacimiento.

Quand la vie n’est pas ailleurs (Cuando la vida no está en otra parte)

De la vía Láctea,

del pecho semental

amor probeta

latido de hospital.

Semen y calostro

de un juicio penal

de un juicio penal

Traspasa el suelo,

la pelvis y el corral.

Del polvo sin tierra,

sin ritual (…)

Tango de la Vía Láctea, de Silvia Pérez Cruz

(Canción cantada en la obra).

Tres mujeres en escena. Dos espejos que se reflejan y una madre. “Grito Pelao” es el placer del perfecto espectador voyeur, la oportunidad de ver a dos de los animales de escena más brutales de Iberia encima de las tablas. Y poder contemplarlas, para más inri, en terreno combustible y sin fijar. Y es verdad, es un lujo poder ver a estas dos grandes compartiéndose en escena, bailando y cantando juntas, que lo hacen. Pero ahí se acaba la mitomanía estática en esta obra.

Desde el principio, la pieza nos avisa que la apuesta es otra, que no se trata de venir a ver bailar a una de las grandes del flamenco, Rocio Molina, la que derribó con el zapateado más brutal el último muro y luego lo recompuso con brazos elípticos; y a escuchar a, Silvia Pérez Cruz, la cantante que supo emocionar al último escéptico de los hombres con esa voz que pareciera salir del fondo de la historia y que descubre una nueva afinación en cada canción. Es limitada la mirada mitómana sobre el arte y, en definitiva, sobre la vida.

Es cierto que estas dos mujeres todavía jóvenes ya son medio leyenda, que en la memoria muchos tenemos piezas, discos, pasos y canciones grabadas a fuego. Cada una en su oficio, el baile y el canto, han sabido labrarse una maestría en la más alta exigencia técnica, aquella que además exige entregar el alma. Pero la apuesta matriz de esta obra no se centra en estos saberes o en la simple cohabitación escénica entre ambos.

Lo que encontrará el espectador en “Grito Pelao” es el alumbramiento fruto de la entrega y la valentía del que desaprende, del que se deconstruye. Se hallará ante una escena abierta en canal, hilada a baba de fémina, a grito fundido, a bastonazo ciego. Molina y Pérez Cruz, atadas a una complicidad que parece atávica, instintiva, han decidido desprenderse de sus seguridades y adentrarse en un espacio desconocido y que las atrae irremediablemente. Estas dos grandes de la técnica con alma han decidido desaprenderse mirándose una en otra, dando un paso de creyente en el vacío, ambas buscando el rito de la oruga encapsulada, aquel que permite el renacimiento.

Así, nos encontramos ante una Molina que transforma su cuerpo, su manera de bailar, buscando desde la quietud, desde la espera, desde la escucha. Ella, quien tanto ha trabajado desde la potencia pura, entregada, extrema, ahora parece buscar otra sabiduría en escena, una sabiduría apegada a ese deseo de ser madre, una búsqueda donde se unen vida y arte, baile e identidad propia. Y en ese viaje la sigue ciega, generosa, entregada, Pérez Cruz, buscando con ella, apuntándola, apoyándola, incidiendo y, al final, también inmersa en ese espacio poderoso de escucha y deseo creado por ambas y donde se permiten perderse.

Un espacio de deseo, deseo de ser madre de Rocío, deseo de trascendencia, de amor entregado, donde ambas artistas (como si se tratase de dos furibundas semiólogas chomskianas) auscultan hasta el último aliento la estructura profunda de lo femenino. La escena transpira poder fémino, de la mujer como ser creador de vida y unida a ella en una cadena legendaria hecha de dolor, amor, miedo, negación, firmeza y coraje. Y en ese espacio que es telúrico y sónico, que avanza atado a cinco músicos que van meciendo y administrando el oleaje, aparece la vejez lúcida de la madre recompuesta. Molina en un acierto que desde fuera no parece haber sido fácil, invita a su madre a escena, Lola Cruz. La madre a quien se le reprocha y a quien se necesita, la madre que irremediablemente también fue hija y que todo lo daría. Hay en esta pieza una rica acumulación, que pareciera ir por capas, del concepto del amor y el nacimiento, de lo deseado y lo engendrado. Y en esas capas Lola Cruz capea y Molina se lo agradece con el baile más flamenco, aquel que se entrega.

En “Grito Pelao” estén atentos a esas dos maravillas de canciones de letra lorquiana que ha creado Silvia Pérez Cruz para la pieza, disfruten del baile de la Molina que hoy respira en generosidad extrema, disfruten con los pedazo de músicos por las que se hacen acompañar estas tres damas, analicen con gusto la capacidad dramatúrgica de uno de nuestros sabios de la escena como es Marquerie… Pero con intuición me atrevo a decirles que se centren en ese espacio de libertad labrado por estas dos creadoras, ahí está el motor de esta pieza, su pequeño corazón naciendo.

Pablo Caruana Húder

GRITO PELAO

Rocío Molina con Sílvia Pérez Cruz
Compañía Rocío Molina

Idea original: Rocío Molina
Dirección artística: Carlos Marquerie, Rocío Molina y Sílvia Pérez Cruz
Dramaturgia: Carlos Marquerie
Coreografía: Rocío Molina
Concepto musical: Sílvia Pérez Cruz
Composición musical y letras: Sílvia Pérez Cruz
Composición flamenca: Eduardo Trassierra
Paisaje sonoro: Carlos Gárate
Espacio escénico: Carlos Marquerie (concepto y dibujos), Antonio Serrano (diseño y materiales), David Benito (animación y proyecciones)
Diseño de iluminación: Carlos Marquerie
Ayudante de dirección y coreografía: Elena Córdoba
Diseño de vestuario: Cecilia Molano
Asistentes de vestuario: Esmeralda Dias y Emilia Ecay
Documentación: Elena Córdoba y Cecilia Molano
Fotografías: Pablo Guidali, Christophe Raynaud De Lage, Lorenzo Carnero
Texto del programa: Pablo Caruana
Traducción al francés: Christilla Vasserot
Poema de Sylvia Plath – For a fatherless son

EQUIPO

Rocío Molina Cruz: Baile
Sílvia Pérez Cruz: Voz
Lola Cruz: Danza

Eduardo Trassierra: Guitarra
Carlos Montfort: Violín
José Manuel Ramos “Oruco”: Compás
Carlos Gárate: Electrónica

Antonio Serrano: Dirección técnica y técnico de iluminación
Juan Casanovas: Sonido
Javier Álvarez: Sonido
David Benito: Vídeo y maquinaria
María Agar Martínez: Regiduría

Producción: Danza Molina
Magdalena Escoriza: Producción de la Compañía
Loïc Bastos: Dirección ejecutiva de la Compañía

Coproducción: Chaillot, Théâtre national de la Danse, Paris; Grec 2018 Festival de Barcelona – Instituto de Cultura, Ayuntamiento de Barcelona; Festival d’Avignon; Théâtre de Nîmes – scène conventionnée d’intérêt national – danse contemporaine – art et création; Bienal de Flamenco de Sevilla.

Con la colaboración: Festival Temporada Alta – Girona; Teatros del Canal – Madrid.

Espectáculo estrenado el 6 de julio 2018 en el Festival d’Avignon.

Rocío Molina es artista asociada de Chaillot – Théâtre National de la Danse de Paris.

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